Manuel Franquelo Giner

Fernando Castro sobre Biolencia.

Fernando Castro Flórez.

Noticia de última hora: “Se acaba de suicidar la mejor vendedora de libros de auto-ayuda y es coreana”. Ya sabíamos que el inventor de la moda de ponerse la gorra de béisbol al revés es mexicano y, con su jouissance perversa Zizek ha recordado, como un chiste inercial, que en Venezuela se han conseguido fabricar alubias que no generan pedos. De la “experiencia californiana” al adocenamiento mental con la “filosofía de la vida” en el límite de la perogrullada, del postureo devenido académico a la escatología polimorfa e inevitablemente infantilizada, tenemos ocurrencias de sobra para evitar que, principalmente, puedan producirse acontecimientos. En plena euforia tanatopolítica, con el estado de emergencia como verdadero iceberg de las fobias hacia Otro satánico que está (todos los sabemos) demasiado cerca (como el vecino o prójimo que siempre huele mal o exige un amor-caridad insoportable o, para mayor repugnancia, “sudado”), la sociedad afronta su riesgo con memoriales peluchísticos, buenrollismo de boquilla o una suerte de reciclaje del nihilismo que buscaría la energía en un mundo residual en analogía delirante con el campo de Higgs. Las obras de Manuel Franquelo no informan propiamente de nada o, para gozar retóricamente de una tropología en espiral, desplazan al imaginario más allá de un “cofre (sarcástico) de la nada” del que sería fundamental obtener información como si fuera una caja negra de un accidente. La contundente presencia de una loncha de bacón no pretende expandir monumentalmente la epidemia de la tontería ni a certificar, en la obviedad de la “documentación comprometida” (la rumorología en permanente déjà vu), la condición enferma del planeta en la que los hombres (o por retornar nostálgicamente a Foucault, lo que queda de él: aquellas huellas que se borran en el playa del final de las semejanzas y las similitudes) son propiamente el más peligroso de los virus...

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Fernando Castro sobre Biolencia.

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